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miércoles, 27 de febrero de 2008

Eso es la vida.



El vivir la ciudad en el mismo auto, el conversar unos minutos entre comidas, desayunos tardíos y despedidas; bailar a las 3 de la mañana en medio de una sala a oscuras; que te llame dos o tres veces al día para contarte que te oyó, que le pusiste una verdadera exhibida al diputadito o al empresario sobrepagado de sí mismo: eso es la vida.

Que se desnude lentamente para dejarte claro que no hay miedo; que le agradezcas en silencio -sin que lo sepa- mientras duerme, el que sea exactamente lo que habías soñado y no tenías idea que querías.

Que cuando nadie lo ve, se quede parado para ver a través de los vidrios de las cabinas de grabación, cuando te apasionas en una entrevista; que te observe sonriendo una tarde cualquiera sin ningún motivo aparente para luego confesarte que ama ser parte de tu vida aunque esté llena de nada.

Compartir, con todos sus inconvenientes, horarios y egos, llevadas a tu casa o falta/exceso de sueño, lados oscuros y hasta la ternura cuando nadie los ve.

Excesos durante tres días donde todo se trata de él, sus trámites, luchas por lugares, propuestas y cambios sociales que se antojan imposibles para cualquier lugar fuera de Utopía; para después comerte por 10 días, toda su vida para que viva la tuya, sólo la tuya.

Que la cotidianidad de las nubes y del frío -o del hielo, como hoy- les deje claro que se conocen, que eventualmente se pueden amar... eso es la vida.

Lo demás, son purititas mentiras.


Luna dolorosamente realista

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