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sábado, 31 de mayo de 2008

La Puerta.


Tu no tenías idea de cuántas esperanzas había puesto en esa puerta.

Ni yo misma.

Cuando llegué, quedé ahí como una hora, de pie, imaginándome los trescientos mil escenarios posibles.

Todos eran articulados, llenos de palabras y cosas congruentes.

Había respuestas rotundas a preguntas específicas

Digo, 60 minutos es demasiado tiempo, más si los pegas a las horas manejando sola por esas carreteras que desconocía bajo mi conducción.

Tu calle es tranquila, los autos -pocos- subían -o bajaban- por el empedradito, despacio. Sus conductores me veían con curiosidad deteniéndose mientras yo tenía las manos en los bolsillos del pantalón.

Me veían unos segundos y pasaban.

La gente que caminaba, principalmente una vecina tuya, me observaba con mucha mayor atención.

Ahí parada memoricé las imperfecciones de la puerta, de la construcción, de la cuadra entera. Pero me parecieron divinas todas las cosas que componen tus días.

Los perros adivinaron mucho antes que tu, que estaba ahí, afuera.

Pero de tarde son menos violentos que de noche, por lo menos así los escuché -o será que yo estaba en otro lado a pesar de estar parada frente a tu puerta-.

¿Sabes? fue sólo un instante el que conjuntó varios años de golpe. Repasé todo lo que me habías dicho en esas certezas tuyas que tantas veces me dejaron sin palabras -¡a mi!-.

Tu amarme más que ahora te da no sé qué reconocer o recordar.

El saber que fuiste otro de esos a los que les hice lo mismo.

Yo no sé, pero de pie, ahí, me di cuenta de cuánta diferencia habías hecho..!Por Dios, estaba ahí!

Algunos tenemos mal esa parte de la madurez que nos permite diferenciar la realidad catastrófica de lo que deseamos con toda nuestra alma... algunos mantenemos esa esperaza -contra toda lógica- que se tiene siempre detrás de una puerta cerrada.

Yo la tenía.

Esa esperanza que nos quiere demostrar que aunque parecemos locos y los resultados que soñamos son prácticamente improbables, nosotros -yo-, como niños, deseamos con todo lo que somos, que eso que hacemos regrese el universo a su orden natural.

Mira que llevarme a ese momento impensable, irreal, imposible...

Como si presintieras que yo estuviera ahí... saliste a abrir... supongo que fueron los perros los que te indicaron que algo andaba mal. Luego, dijiste que fueron mis toquidos.

Y ahí estabas... viéndome como quien intenta acomodar los recuerdos, con la incredulidad.

No dijiste nada, yo no podía parar las lágrimas en cuanto la tarde me regaló tu rostro frente al mío.

Después de tres minutos nuestros -por fin eran nuestros- dijiste: Hola.

Luego preguntaste algo que en ninguna de mis trescientas mil probables situaciones habías preguntado: ¿Qué necesitas?

“Que me regreses el tiempo que has vivido con ella, para vivirlo conmigo”, respondí en automático.

Te me quedaste viendo, mientras tus ojos respondieron cuando empezaron a humedecerse.


Luna afuera de tu casa

5 comentarios:

Anónimo dijo...

.. siempre se humedecen.. es dificil vivir y el universo no tiene orden es caotico como la vida

un monton de palabras dijo...

cuantas veces, cuantas puertas.

Anónimo dijo...

Sí, siempre supe que un día pasaría, sólo que en vez de una puerta, yo estaba frente a un corazón.


Katy, desde el vacío absoluto de ideas para no llorar...

Blacksheep dijo...

Luna Líquida, me gusta tu blog. Pasaba, entré, y sí siempre hay una puerta... en este caso, brindo por la puerta que encontré para entrar.
Saludos.

loslibros dijo...

Esa es la dualidad, tanto sirven para cerrar, como para abrir........