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martes, 5 de mayo de 2009

Lunares


Nunca estuviste conmigo
y tus tres lunares,
de memoria sé...



Me crecen lunares -como sueños-, te dije inocentemente cuando señalaste claramente los nuevos que viste.

El de la barbilla ya no se quedará solo, al que tendremos que darle un hermanito es al de tu pecho, dijiste haciendo una línea suave entre los tres -como uniendo constelaciones en la piel de la Luna-.

Entonces ya habíamos pasado de mis manos en tus hombros, a tu incapacidad para no tener las tuyas sobre mí, buscando ser lo menos obvio posible y tímidamente acariciando mis antebrazos mientras te erizaba mi humilde intención de desestresar estos días que tanta expectativa han causado.

Ya habíamos pasado incluso, a extender las caricias de tus manos a mis brazos, de mis brazos a tu pecho, de la silla a la pared... a apagar la luz y quedarnos abrazados en silencio, oyendo el sonido de nuestra respiración sin alterar, a la que le hacía segunda el aire acondicionado recién instalado en mi oficina -donde se queda el mismo perfume que dejo en tu auto (y a la que entras cuando no estoy para paliar el extrañarme)-.

Luego, en medio de la oscuridad que unió perfectamente los puntos de mi constelación lunar con el pulso exacto de tu índice... sonó el telefóno y yo, como siempre... contesté.


Luna en su nueva oficina

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