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lunes, 7 de septiembre de 2009

Absolutamente autobiográfico

La ciudad llora contigo, puedo asegurártelo. Este desierto se inunda cuando pasan cosas como lo que te pasó ésta noche.

En mi caso fueron varios días donde no salió el Sol. Sí, aún me acuerdo. Pero, ¿qué se le puede hacer?, dicen que del tamaño del sapo es la pedrada.

Además, no importa cuánto me empeñe en enojarme porque estas parado aquí, en esta ruta inútil, tan escarpada, ya no puedo hacer nada, ¡carajo!

Se supone que tu no ibas a venir por este camino. Para eso hablé contigo tantas veces; buscaba evitarme el dolor doble de vernos aquí, con este hoyote en medio del pecho, desgarrados.

Ajá, ya sé que la sangre y toda la parafernalia impacta, por eso te pedí que no vinieras.

Le aposté todo a tu inteligencia. A las mismas madres que dice la Biblia de tu religión. A cosas que pensé que podías entender, mi corazón de seminarista.

¿Cómo dices? Pues nada. Nos sentamos aquí, un rato cada tarde, a veces cada madrugada y los que menos suerte tenemos pasamos aquí casi todo el día.

De hecho de aquel lado están los más nuevos, y al final solo unos metros más allá, están los más heridos, a los que junto con el corazón perdieron otras partes esenciales.

Ah ya…, no, es que yo... verás, estoy tan cerca de ellos porque si te fijas bien, el hueco en mi pecho es..., exacto, si, mucho más grande que el de los demás.

No sé. Nadie me ha podido explicar.

Una vez alguien que se sentó en esta misma banca se le quedaba viendo fijamente a este huecote. Un día sólo dijo: creo que por eso estas tan cerca de los desahuciados. ¿Por qué?, pregunté, casi sin ganas de saber. Porque tenías por corazón más de la mitad del pecho, dijo.

Pues sí, supongo que el mío sería varias veces más grande que el de los demás, pero mira qué tarde me viene a enterar.

No, no digas eso. Tu sí vas a tener solución, caíste hasta acá, seguramente porque… sí, mira, aquí se ve claramente: está muy profunda la herida, qué barbaridad. No hay nada que hacer. Tan bonita camisa. Lástima.

Con los días te irán jalando unas bancas más para allá, con un poco de tiempo, saldrás del camino y no te volveré a ver. Sólo que es difícil. Ya viste que a los lados hay abismos, rocas. No te creas, salir no esta fácil.

Ten fe, no me gruñas. Sabes que tengo razón. Además la enojada soy yo. Te di tantas herramientas para que no estuvieras nunca conmigo.

Pues… todo son rumores, hay quien dice que un día llega alguien, alguien justo con el mismo tamaño de dolor que tu. Entonces, quien sea que coordina esta vera, lo pone frente a ti y con tiempo, sobre todo con acomodos, ajá, metiendo la mano en el pecho del otro y enterándose de que los puños de cada uno miden exactamente el hueco que dejó el corazón en el lugar donde latía, hay esperanza, dicen que entonces quizá algo se puede hacer.

Me ha tocado ver heridas de todos los tamaños; una vez incluso me tocó uno con un hueco del otro lado del pecho, ¡echate eso! Pues hasta para él llego una también con una herida del mismo lado.

¿Mecánica? pues no sé, sentarse frente a las bancas de los que llegan por aquí primero. Supongo que por eso para cada banca, corresponde una enfrente.

Una vez, hubo un hombre con un huequito pequeño, pero aparatosamente sangrante. Honestamente creí difícil poderlo empatar con alguien nuevo, pero sorprendentemente, a los pocos días, muy pocos en realidad, una chica, muy mona ella, se sentó en la banquita correspondiente frente a él, tenía el mismo tamañito de corazón, manos delgadas y exactas para ese pequeño y profundo espacio, pequeño pero muy escandaloso. Traía sangre por todas partes y ambos lograron hacer que se detuviera la hemorragia mutua. Fue bueno verlo.

Salieron juntos y no se ha vuelto a saber de ellos. Fue reconfortante para los que están de aquel lado. A los de este, no del todo. Aquel, el de la última banca que se ve antes de la curva, me ha insistido en el alcohol. A últimas fechas creo que le he estado haciendo demasiado caso. Pero es que a nosotros no nos hace bien casi nada.

¿Para mí? Mmmm... quizá en esa banca de por allá supongo, o tal vez la de aquel lado.

No te rías, ya lo sé. De hecho hay quien ha apostado que nadie nunca pasará por aquí precisamente por eso, porque el tamaño del hueco que hay en mi pecho rebasa las expectativas humanas normales. No habrá quien, ni con las dos manos, pueda abarcarlo todo. No sientas pena por eso, ¿qué se le va a hacer?

Lo bueno es que dicen que ya no los hacen con corazones así de grandes. Que yo seguramente salí defectuosa.

A eso se debe que lleve tanto tiempo aquí sentada.

No te asustes... te van a mover pronto, te digo, te corresponden varios kilómetros hacia allá, hacia los recién llegados, no tan cerquita de los desahuciados como lo estoy yo.

Mira, ¿ves? Qué te muevas te están diciendo. Anda. ¡Qué te muevas! Todo estará bien pronto.

Así lo despedí... se hacía tarde, por eso tomé como siempre mi chaleco, me lo puse bien, lo cerré hasta arriba, que se viera una bonita, entera. No puede uno andar por ahí dando lástimas. Me quedé pensando en ese día, en el día en que el señor del corazón pequeño se halló con la chica del corazón escandaloso y chiquito. Cómo se miraron, se reconocieron, en la paz que seguramente sintieron al poder refugiarse en alguien que entendía perfectamente cómo estaban sufriendo.

Del tamaño del sapo es la pedrada, me dije.

Algún día, algún día, repetí casi creyéndomelo; y con esa idea se quedó el eco de mis tacones acompañando la misma banca a la que vuelvo, cada día, cada mes, de cada año, luego de algunas horas; a la única banca a la que olvidaron ponerle otra justo enfrente.


Luna sin corazón (absolutamente) Autobiográfica

1 comentario:

quimeras dijo...

no aceptes este comentario... no para que se vea en pùblico a plena luz... pero este escrito me hizo derramar unas lágrimas... no sabes lo profundo que me llegò... lo bueno es que no tengo que explicarte los por quès...