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domingo, 11 de octubre de 2009

Del camión al taxi, prefiero el camión.

Me chocan los camiones, pensaba; era tu cumpleaños, la humedad de la noche se condensaba en la ventanilla (por dentro). Como cada año estabamos lejos pero yo te recordé mientras seguramente ni sabías qué sería de mí, probablemente tampoco te importaba.

En algún punto alguien se sentaba a mi lado, cosa que siempre me mortifica, habiendo tantos otros pares de asientos vacíos para recorrer las dos horas de mi ciudad a la capital, no alcanzo a captar la necedad de sentarse con alguien pudiendo ir solo; pero olía tan bien que me obligó a voltear, aceptarlo sin verle siquiera el rostro, percatarme de su tamaño y el color de su respiración que, sin entenderlo, me erizó.

Hola -dijo-, sonreí sin palabras y asentí.

Jugue con el celular un rato y extrañamente me venció la necesidad de dormir (de manera tan incontrolable que ahora mismo mientras camino para tomar un taxi me asusta la posibilidad de que haya sido un ataque narcoléptico y en el taxi se repita).

Lo bueno de los asientos del camión cuando se acuestan es que terminas haciéndote bolita en él; lo malo, es que terminas necesitando, forzosamente, la complicidad de tu compañero de viaje para amoldar los cuerpos, los huesos, los huecos.

No obtuve ni opuse resistencia cuando poco a poco fui cediendo a disminuirme para que él ocupara más espacio, alguien de su altura o con su espalda, no cabe tan fácilmente como una.

Yo, que no duermo, cai en esta vorágine de sueños vívidos que tanto odio, porque no puedo distinguir la realidad del sueño, lo que deseo pues, de lo que realmente ocurre.

Luego él desapareció para darte su lugar; dormida ya, me fui a un lugar donde tu y yo habitamos cientos de veces.

Eras tú dentro de mis recuerdos -que se han evaporado con la velocidad del viaje-, tus frases fuertisimas, concretas; tus gemidos, tu erección impresionante y mi seguridad de que jamás volvería a pasarnos esto.

Fue tan cierto, que a tu pesar, volviste a ser mío.

Con toda tu negación, con el dolor que te represento, estabas en mis brazos, aunque más bien yo en los tuyos. Era una intensa forma de construir paz en medio de una guerra que se me antojó creada solo para ganarse en tu cama.

Pasamos de tus manos, la fuerza de tu cuerpo, de mi certeza a que tu tamaño en mi cuerpo me dolería, a un tremendamente angustiante placer que sólo tu puedes proporcionarle a una dañadísima que se forjó bajo tu tutela sexual.

Eran tus palabras, tu forma sinuosa de convertir en ternura las figuras mentales más calientes que en algún punto me destaparon la voz.

Lo que pasó después fue una lengua en mi orejita, labios apretando el lóbulo, una respiración tan fuerte, tan cierta... lo que me trajo fue un abrazo, un cuerpo cerquitita, un olor perfecto que reconocía en mi trance del sueño a la vigilia... mientras decía: despierta, estas gimiendo dormida.

Después: huir, llegar al frente, pedir al chofer, ante su extrañeza, se detuviera inmediatamente en cualquier parte, bajar, tratar de hallar un taxi al tiempo en que procuraba no tropezar con los tacones -aún semidormida-, y no dejar de repetir que siempre me han chocado los camiones.


Luna relacionandose de maneras caóticas (para variar)

PD. fchdmv

2 comentarios:

Juan Pedro Arzacc dijo...

...y yo que pensé que sólo a mi me pasaban esas cosas...
Todo irá bien. Aunque por ahora parece que soy una ratonera... todo ira bien.

En taxi, en camión y hasta en bicicleta...contigo siempre hay una historia suigeneris...creo que no puedes huir de eso que le llamas Don...jeje

TLB

MSN-MX dijo...

simplemente y sublimente Excelente! wow!