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viernes, 5 de febrero de 2010

A la que duerme contigo...

Creo que hoy no fue nuestro día.

Me parece que de una forma inocente, sutil, particular, nos partimos la madre buscándole una sentido a lo que la otra hacía.

No quise llorar frente a ti, el desmayo cuasi inevitable fui a darlo al baño para que no entraras en pánico, como entré yo. Hice lo poquito que estuvo a mi alcance, me resistí a quebrarme, cuando en el peor de tus papeles, decías algo para salvarme, pero por dentro estabas a punto de gritar.

Te lo agradezco tanto... pero no tuve fuerza para cruzar toda la mesa y abrazarte, porque encima de todo, no puedo suavizarte el madrazo, ni comprender como estamos aquí conociendo perfectamente el dolor de la otra y no tener respuestas aunque no dejemos de hablar.

Estar ahí, donde estas, sé, es el siguiente paso para mí, y estoy absolutamente cierta en que jamás podré resistirlo de pie, como tu.

Es un algo dramático, doloroso, infernal pero inevitable.

Tengo tanto miedo a que sea yo mañana la que carente de todo estilo y gracia me derrumbe al verlo siendo papá.

Mientras eso pasa -Dios... me tiemblan las manos solo de escribirlo- desearía poder quedarme quietecita en un rincón de mi habitación, viendo pasar el sol por la ventana, un día tras otro, hasta que mis poquísimas y atrofiadas neuronas terminaran apagándose solitas, y eso no le ocasionara más dolor a nadie.

Poco a poco voy abandonando todo lo que amé, no quiero dejar señales claras para nadie, quisiera irme tranquila, estar lista cuando llegue el momento, poder bendecir en vez de desgarrar, de verdad quisiera... pero conociéndome... sólo atinaré a armar tal desmadre que quedará huella en cada uno de los que me conocieron, del agotamiento emocional más fuerte que habrán padecido.

Para él: por lo pronto, para la que duerme contigo: Dios cuide sus sueños, como un día, tu cuidaste los míos.


Luna enloqueciendo.

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