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domingo, 25 de julio de 2010

Enseñarme a rezar

Creo (no sé con certeza ya) que nunca se lo dije, pero, la última vez que amé, en un laberinto de desesperación, ofrecí al Arquitecto de este changarro, que si había sólo una cantidad de amor y ésta tenía que acomodarse de alguna forma, que acomodara mi amor por ti (y el tuyo por mí) en la vida de mi Mamá.

Le dije que si la salvaba, todo eso se lo quedara, que yo prefería la soledad de no tenerle, a la pérdida de mi eje.

Por eso no lo busqué nunca más, aunque ha seguido muy enferma, está viva. Ese fue el trato.

Ahora, un par (quizá tres) años después, en una de esas noches terribles donde asimilé la pérdida de las facultades del hombre más brillante que hay, estando contigo, de pronto empecé a rezar.

Recuerdo haber pasado una noche de esas en sus brazos... lo que no recuerdo, fue que rezara conmigo, como tú.

Me conmovió cómo empezaste a enseñarme la manera correcta de explicar que ya no hay nada de fuerza interna para resistirse a la locura. Empezaste con el rezo más bello que haya escuchado, y con paciencia, parrafito por parrafito, me enseñaste a rezar.

Ya sin cordura, entre sollozos, te conté de aquel canje. Luego de un silencio que delató tu llanto, dijiste: si eso la mantuvo viva y crees que volverá a funcionar, prometo, que si tu Papá sale de ésta, no te vuelvo a buscar.

Guardé silencio...

... en esta compensación ilógica, absurda e inútil, como ambos sabemos, como cualquier ser pensante lo sabe… esperé (aún espero) que todo esto se transmute en lucidez en el cerebro que se apaga.

Él aún no sale del umbral que representa todo el daño que sufrió... pero no me has vuelto a buscar.

Supongo que deberé de conformarme con saber, que la limitación humana, implica, ante eventos que le superan, las salidas mas completamente idiotas... solo justificables por la impotencia sentida.

Gracias por amarme como nadie lo ha hecho jamás.


Luna idiota

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