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lunes, 11 de octubre de 2010

Perfecto

Aún recuerdo cómo después de todo el daño que te hice -en uno de mis excesos necesarios de culpa para llenar mis días-, te pregunté que era 'eso' que no me perdonarías jamás y dijiste: qué mi madre no te haya conocido antes de morir cuando me lo pidió pero no quisiste.

Ahora (paradójicamente en tu cumpleaños) cuando por fin apareciste, me dijiste lo que tanto temía: si hubiera sabido que algo de lo que dijera te serviría, lo hubiera hecho. Pero conociendo ese dolor inconmensurable, no podía disminuirlo con nada.

Luego de esperarte todos estos días -donde me consolaba justificando que España te mantuviera aislado de todo lo referente a mí, Cannes, el nombre único de tu carnal en una película famosa, los hoteles caros... el dolor que te provoca recordar cómo te amaba cuando te amé-, luego del llanto o la incomprensión de que me hayas dejado sola (porque a pesar de la distancia, cuando murió Aurora, tu madre -quien inspirara mis primeros cuentos con su voz que tanta paz me daba-, hablábamos ocho o diez horas diarias mientras te consolaba una de las tres veces que lloraste en los 12 o 13 años que tenemos de conocernos; incluso fueron mis flores las que se quedaron en su urna en el pateón español); algo en el fondo de mi alma se alegró de por fin tener las herramientas suficientes para exorcizarte de mi vida.

Porque hasta ahora, conseguí la fuerza suficiente para tener algo que no te perdonaré jamás, así bajarte del pedestal y poder continuar con mi vida, ya sin ti.

Acabas de dejar de ser perfecto; con todo mi egoismo insano, abrumador, aplastante -gracias a eso-, me doy permiso de enterrarte a ti también.

Adiós hombre de mi vida, ah... y feliz cumpleaños.


Luna Libre

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