León Cupra 2009
Tu, mi casa, tu historia, esa separación inminente que hemos venido discutiendo, mi cansancio, la excusa de tus manos, las apuestas sobre masajes, tu exacto ritmo para suavemente introducirme en tu dinámica, tu respiración controlada, la temperatura de tu piel en aumento; luego la vorágine de gemidos, el trasladar del teléfono a mi habitación de huéspedes tu voz diciendo lo rico que es todo lo que nos incluye, aderezándose con tu paciencia que casi me hace caer cuando explorándome tremendamente conocedor de lo que hacías me confesabas en medio de tu excitación -sabiendo que lo necesitaba a pesar de lo que se pueda creer-: voy a cuidarte, no va a pasarte nada malo.
Luego nuestros orgasmos múltiples y seguidos.
Digo que hasta ahí, aunque no tenía la más puta idea de cómo manejarlo, no había necesidad de estresarse, podemos resumir que todo iba bien.
Me encargaría de volverme aire -sabes que eso se me da-, de trabajar hasta el hartazgo y desaparecerme de tu rango de visión.
Supongo que es una ventaja de los chavos ricos que se acaban de separar, entre sus negocios, viajes y glamour: poco tiempo para preocuparse por lo que pasa (o hacen) las reporteras hiperactivas.
Aunque luego me sorprendiera que no, que me vigilas, que me llamas para "aconsejarme" con quienes tengo y no, química periodística óptima, y como en tu "recomendación" no debería salirme del patrón de la seriedad que hay que guardar cuando uno hace lo que yo hago... mientras en secreto algo me fascina de tus celos casi desbordados por la necesidad de control que sabes que conmigo no funcionaría ni en un millón de años, pero el intento es sutilmente delicioso.
El asunto es que cuando recuerdas detallitos como ese que te dije -hace tantos meses que cualquiera lo hubiera olvidado- en la Condesa, mientras comíamos crepas -cuando pretendías/lograste alcoholizarme- respecto a los León Cupra, el color cereza y tu reciente obsesión en pasar de las caricias a algo que no sucederá, ya no se si se pone tan simpático lo que ocurrió entre nosotros.
Es que cuando me abordas en el estacionamiento de mi empresa, llegas en tu aparatosísimo auto, interceptas mi salida para darme de regalo una mueca que semeja sonrisa acompañando unas inofensivas llaves con una S... ahí, salvo tu mejor opinión, es cuando, creo, las cosas dejan de ponerse divertidas.
Luna dándose el lujo (pendejo) de rechazar un auto. Lo que hay que ver.
PD. Panda: No mames, esto está completamente bloggeable.
Luneta: Lo sé.
Panda: Debiste aceptarlas.
Luneta: Niega que de no ser porque vives esto conmigo, te sería dificil creerlo. Incluso, me atrevo a decir, que mi frasecita de: "me pasan cosas que no le suceden a nadie", cada vez te parece más cercana a la realidad.
Panda: Neta. Pero no te puedes quejar, no es un vocho azul, pero has vivido tu versión particular de una carta a Francia.
Luneta: Siempre he dicho que una chica que se respete debe vivir su versión de esa rola, y mira que sin querer me pasó. Ya puedo morir en paz.














